
A veces la vida nos espera escondida en una esquina, y cuando pasamos por
allí zas, se nos aparece con una sorpresa, de las buenas. La que les voy a
contar ahora ocurrió por allá de abril de 1974, en lo que era la cancha de
básquet del colegio Nacional, la que está sobre el predio que da a la avenida
Virrey Toledo. Yo andaba por allí con el gordo Beto Arévalo, un grandote
bonachón que la vida me dio como amigo. Estábamos por jugar un picadito de
fútbol, cuando aparecieron dos muchachos con una pelota de rugby. Y se pusieron
allí, a patear alto y agarrarla de aire, a correr de aquí para allá.
Uno de los muchachos se nos acercó, el Dante Escuero, y nos invitó a
divertirnos un rato. Después de jugar un rato nos preguntó la edad y se
sorprendió cuando le contamos que teníamos 14 años. “¿Quieren jugar al rugby en
la U?”, preguntó. Le respondimos que sí y en ese instante comenzó un cambio en
mi vida, y en la del gordo Beto.
Fuimos a la cancha de Universitario allá, detrás de la UNSa, y nos
presentaron a los que iban a ser compañeros de equipo. Hasta que lo vimos a él,
a Perico Carbajal. Recuerdo que estaba con una bermuda blanca y una vieja y
descolorida camiseta de la U. Con el silbato que tenía colgado en el cuello los
volvía locos a los changos. “Todos aquí, vengan que vamos a elongar”, ordenaba
después de esa práctica. “¿Ustedes son los nuevos, de qué juegan?”, nos
preguntó a mi y a Beto. No supimos que responder pues el rugby era una materia
a la que recién le estábamos agarrando el gustito.
“Los dos tienen lomo de forwards”, nos dijo. Y nos puso a trabajar con otros
grandotes que andaban por ahí, como Coronel, el burro Famá, y otros que giraban
pasando la guinda para atrás. “Los miércoles y viernes entrenamos en la cancha
de Dos Bosco”, nos dijo antes de la despedida.
Fuimos a Don Bosco el miércoles próximo y el entrenador era otro, porque
Perico estaba dando clases en la UNSa. Pero al rato llegó. Vestía traje azul,
camisa celeste, corbata azul oscura y mocasines. Y ahí me dio la primera
muestra de su adorable locura: así, de traje y pelo engominado, se tiraba al
piso para enseñarnos a tacklear. No podía creer lo que estaba viendo, un tipo
que hacía eso para enseñarnos a los nuevos a jugar al rugby, que era
también una manera que este hermoso deporte se metiera en el alma de nosotros.
Perico armó una quinta bárbara, salimos campeones invictos en la cancha del
Jockey. Y cuando pasé por su lado me acarició la cabeza y me dijo sutilmente
que me arreglara la camiseta, que me la meta dentro del pantalón. Yo tenía
ganas de abrazarlo y decirle gracias por enseñarme tanto, pero me dio vergüenza
y me contuve la emoción de salir campeón en un deporte que lo jugaba por
primera vez en un mundo, para mi, desconocido. El rugby por aquellos tiempos
era más elitista que ahora, pero Perico tenía la bondad de no hacer diferencias
con nadie.
Luego de ese campeonato me alejé un poco. Me dediqué a laburar con mi viejo
y a ir los domingos a la cancha. Un día, en pleno laburo, veo que Perico entra
al taller. Saluda respetuosamente a mi viejo y me dijo que quería hablar
conmigo.
- ¿Qué pasa que dejaste de ir- preguntó. Le conté que estaba laburando a
full y que los domingos tenía que ir a la cancha a ver fútbol. “¿O sea que a
vos te gusta estar en las tribunas y no en la cancha jugando?, pensaba que era
más inteligente”, me metió el dedo en el orgullo. Y antes de subirse a su Fiat
125 color bordó, me dijo: “Andá el miércoles a entrenar a Don Bosco, no me
falles”, y se fue.
Esas palabras me hicieron volver a jugar. Porque Perico, sin saberlo, me
enseñó la diferencia entre ser actor o platea, entre estar transpirando en la
cancha o fumando en la tribuna. Y ese solo gesto, por Dios, me hizo cambiar mi
actitud ante la vida.
Después si, crecí, me alejé del rugby, y no lo volví a ver. Hasta que un día
me enteré de su fallecimiento. Sentí mucho aquella partida, porque Perico
Carbajal son de esos personajes queribles, esos locos lindos que salen de tanto
en tanto para regar de bondades el escenario de la vida que nos toca transitar.
Ahora debe andar por ahí, con su silbato al cuello, con sus gritos en el
scrum para ganar la guinda, enseñando matemáticas a los ángeles, o simplemente
dictando clases de buen tipo en las aulas del paraíso. Porque Perico Carbajal
era un loco, un obsesivo, un excelente profesor, un gran maestro y un buen
tipo. Y yo tuve la suerte de conocerlo. Gracias a la vida por ello.
Un abrazo desde aquí, estimado amigo. Gracias por todo.
Gustavo Ruiz